sábado, 20 de abril de 2024

Que no te acobarde la Paz

 Pedagogía de la Reconciliación

Que no te acobarde la Paz

Carta y poema para un amigo que persiste en la guerra

 

Por: Luis Carlos Pulgarín Ceballos.

 

 Entonces eras como nuestro hermano, uno más de aquel grupo de artistas regionales que soñábamos comernos el mundo con nuestras incipientes obras de aquel entonces; el bacán de la gallada. Diestro en la palabra y el humor, quizá, por eso te hiciste trovador y poeta. Por ahí, entre unos papeles descuadernados aún quedan rastros de tus primeros versos: “Escucha. No bajes la mirada/ no me tengas miedo/ deja que mi mano ponga una rosa en tu pelo/y mi boca te diga: te quiero/ permite a mis ojos mirar tus silencios/ deja que el amor nos regale un verso”(1).  

Tal vez entonces soñabas ser un Neruda, porque tenías estos versos amorosos para el papel y las tertulias pasadas por whisky en el bar del viejo Fidel o, en la casa de la Cultura donde te batías a duelo con otros trovadores de Apartadó. Y, también como el poeta chileno, militabas en el Partido Comunista.  Tantas anécdotas, como aquella noche que nos cogió la policía por estar violando un toque de queda y con tu desparpajo terminaste logrando que el comandante de turno nos dejará pasar la noche en la oficina y no en una celda fría donde no cabía una persona más, que, de ñapa, nos mandara a traer una de whisky y en la madrugada del día siguiente nos mandara en una patrulla para nuestras casas. Vendría luego esa ola de terror en Urabá y tu terminarías prisionero, acusado, como tantos otros que con los años demostraron su inocencia, de ser coautor intelectual de una masacre. Saliste libre y pasaste un rato por Bogotá, te encontré por aquel sector de negocios de repuestos para camiones y vehículos pesados, donde habías logrado emplearte, y volvimos a soñar proyectos de arte, y nos vinculamos con aquellos profes universitarios de la Expedición Pedagógica Nacional, y nos íbamos con ellos y tu echabas trovas y yo cuentos y poemas.  Pero un día de repente, desapareciste. Largos años preguntando por ti, sin que nadie diera razón alguna. Te di por muerto.

Apareciste luego por breve lapso de tiempo. Volvías de la guerra en el proceso de paz del 2016. Te habías ido a las montañas a finales del siglo 20 con el Mono Jojoy, volvías para hacer la paz. Después, te vi una o dos veces en esta fría y apocalíptica Bogotá, sería el 2018. Volviste a desaparecer. Y de nuevo, nadie volvió a dar razón de ti. Breve paso por la paz.

Hasta anoche que apareciste en pantalla del tele noticiero de fin de semana, con un nuevo seudónimo, no quiero decir un nuevo alias, digamos un seudónimo, esta vez no el seudónimo artístico con el que te conocimos hace casi 40 años: Reflector.  Con un nombre de guerrero: Leopoldo Durán.

Las noticias hablaron del nuevo proceso de diálogo entre el gobierno y los grupos armados que, luego del proceso de paz del 2016, renacieron a la guerra. Y una toma rápida de la cámara en paneo me permitió descubrirte en la mesa, entre los voceros del grupo armado. Luego te vi con el micrófono, en el que te había precedido el delegado mediador del gobierno, planteando algo así como que la paz es con todos y que tu grupo estaba dispuesto a apostarle a un nuevo diálogo de paz.

Pero, días después de esta nota periodística, nueva novedad en desarrollo: se rompió el cese al fuego pactado como periodo de distensión entre tu grupo y el gobierno para generar el escenario de diálogo. De nuevo la declaración de guerra.

Estimado “Reflector”, deseo llamarte así, dejar de lado el “Leopoldo Durán” como te llaman ahora; muchas veces he recordado aquellos tiempos en que compartimos escenarios con nuestras presentaciones artísticas, en nuestros diálogos sobre la realidad del país, los contextos de aquel entonces, los anhelos comunes de paz, justicia social, equidad, menos violencia e impunidad. Allí, entonces, descubrí tu vocación social, la que tal vez te llevó a sumarte a la rebeldía armada, abandonando la comodidad del promisorio futuro que te auguraba el arte donde, con tu bacanería a flor de piel te hubieras destacado. He querido entender, entonces, que tu vocación política por el pueblo trascendía tus intereses individuales.

Estimado amigo de adolescencia y juventud, en aquel entonces, hace ya casi 40 años, llevábamos más de 200 años de hegemonía criminal de una derecha capitalista que se amarraba al poder a partir de la guerra contra los más vulnerables, la guerra nunca se dio realmente entre ejércitos, los muertos que puso esta confrontación armada fue población civil, campesinos, indígenas, afro descendientes, líderes y lideresas sociales, defensores de derechos humanos, activistas de paz, mujeres, jóvenes, militantes de izquierda que hacían oposición política y desarmada a esa hegemonía y criminalidad de  derecha.

Hoy, bien lo sabes, en algo ha cambiado este país. Claro, seguimos en guerra, continúan los crímenes y masacres, y la derecha continua ejerciendo poder desde sus poderes económicos, desde sus medios masivos de comunicación y propaganda política, desde el aparato de justicia que supieron infiltrar con jueces y fiscales corruptos y criminales y desde una cantidad de población masoquista y analfabeta que padeciendo hambre se enseñó, a través de tantos años, a defender el amo capitalista como los perros que defienden a quien le da sus sobras de comida y lo somete a dormir en la puerta de la casa a pesar del inclemente frío de la noche y las lluvias.

Pero hemos ganado espacios, espacios que nos han costado y nos siguen costando miles de muertos porque esa derecha criminal se resiste a perder el poder político. Después de más de 200 años de vida republicana, donde solo había llegado a la presidencia la derecha criminal y elitista, turnándose el poder entre unas pocas familias de apellido “ilustre”; hemos llegado los “nadies” al poder, con un presidente de izquierda, proveniente de un proceso de paz en el pasado, y una vice presidenta nacida de las entrañas de uno de los pueblos más ninguneados y humillados del mundo y las sociedades: una descendiente del pueblo negro esclavizado en el siglo XIX y discriminado a través de toda nuestra historia. Con ellos quebramos la historia de las hegemonías de la derecha criminal. No quiere decir que gobernamos con plenitud, pues solo tenemos el poder presidencial a medias, con unos poderes legislativo, de justicia, económicos y de comunicación en contra, pero le abrimos un portillo al muro infame de las tiranías políticas de más de dos siglos.


Desde ese poder presidencial se le está apostando a hacer los cambios y transformaciones que el país necesita, los cambios que en el pasado tanto soñábamos y de los cuales tanto hablamos. El desafío hoy es preservar esos cambios, y para ello se necesita del apoyo y la fuerza popular: sin el respaldo del pueblo, nuestro presidente y nuestra vice presidenta democráticos, estarán solos a merced de los obstáculos de tanto enemigo de derecha criminal y conservadora en contra. Necesitamos la fuerza en las calles, apoyando cada reforma propuesta por este gobierno progresista, en la poca democracia conquistada después de millones de muertos, cientos de desaparecidos, miles de masacres, miles de mujeres ultrajadas y jóvenes torturados y mutilados, después de tanta vida sacrificada.

Estimado “Reflector”, la lucha sin armas es nuestro mayor reto en este presente. El avance en nuestra participación política (desde los sectores alternativos, los que no tenemos apellidos “ilustres”, los “nadie”), en la vida nacional es parcial y débil, pero es una gran conquista, y necesitamos fortalecerla, desde la lucha igualmente política, en las calles, en los escenarios del debate y la elección democrática; lejos del ruido de las armas; estamos en condiciones de esperanza por un país mejor, menos complejas que hace 40 años cuando éramos jóvenes y nos sobraba la adrenalina suficiente para tomar decisiones tan radicales como la de irnos a las armas, en tu caso y el de muchos amigos que te siguieron o antecedieron. 

Te necesitamos aquí, amigo “Reflector”, haciendo política con la acción participativa ciudadana y con la palabra; desde al arte, desde la argumentación pacífica y democrática, seguir en armas en hacerle el juego a las derechas criminales que con sus grupos narcoparamilitares siguen legitimando crímenes con el argumento de la lucha contra las guerrillas, pero que en realidad lo que persiguen es mantener su negocio narcotraficante, despojando tierras al campesinado y asesinando líderes y lideresas, buscando, precisamente, romper el tejido social que sienta las bases del poder de los “nadie”, disminuirnos en cantidad  o someternos a partir del odio y el miedo para seguir dominando, reconquistar la presidencia y recuperar el poder criminal y corrupto que han ido perdiendo.

Mañana, estimado amigo, como el barón de Münchhausen, podrás fantasearnos con historias y anécdotas de esta guerra que has vivido en estos años de subversión armada, por ahora queda la invitación planteada para que vengas y nos ayudes a construir la historia de la Paz. Que no te acobarde la paz, aquí te esperamos.

P.D. Estimado Reflector, me despido con estos versos, fragmento de un poema de mi próximo libro “Poemas duros como un pan olvidado en la alacena”:

 

Cuando un día, quizá mañana, se acabe esta guerra,

volverá en el aire la fragancia de nuestras alegrías de infancia pérdida,

y la zozobra será sólo un pasajero distante en el tren del olvido.

 

Cuando un día, quizá mañana, se acabe esta guerra,

Cuando haya una tregua, cuando cese el fuego, volverás a casa a retomar tus escritos perdidos en ese viejo cuaderno donde escribías canciones a las novias añoradas.

Y el rugido del jaguar en la selva, será sólo el anuncio del combate de los amantes que al filo de la madrugada se abandonan a la urgencia de sus pasiones.

Cuando un día, quizá mañana, se acabe tu guerra.

 

Leer el poema completo en:

https://de-racamandaca-editores.blogspot.com/2024/04/cuando-un-dia-quiza-manana-se-acabe.html


(1) El poema titulado Escucha, fue publicado en: Boletín poético Tiempo de Ecos/apartadó, 1992

domingo, 14 de abril de 2024

“Hay futuro si hay justicia”/Historia de Aurora y la justicia

Crassus errare, el constructor de paz que no actúa en justicia

 

Por: Luis Carlos Pulgarín Ceballos


 “Hay futuro si hay justicia”/Historia de Aurora y la justicia

 

Haciendo eco al título de una importante exposición que nace de los legados de la Comisión de la Verdad; actualmente en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, debo empezar diciendo: “hay futuro si hay verdad”. Pero, es trascendental entender que esa verdad cuenta como principio fundamental para la construcción de justicia. Si la verdad se desliga de los procesos de justicia, difícilmente habrá algún tipo de armonía (entiéndase Paz), en nuestras sociedades.

Por ende, en la construcción de paz, no solo los jueces deben actuar en el horizonte de la justicia. Ésta se administra también en cada acto y/o decisión de quienes asumen el compromiso de trabajar en procesos de construcción de paz. Tomar decisiones, en el marco de la construcción de paz, implica que -como un buen periodista-, quien se dice constructor de paz conozca todos los lados de la moneda, que no se quede solo con una versión de las cosas. Como al periodista, si a un líder que trabaja con la paz, en el interior de su casa alguien le dice que está lloviendo, éste debe abrir la ventana y verificar que en realidad llueve. Si nos quedamos con una sola versión de las cosas, corremos el riesgo de creer que llueve cuando en realidad no está lloviendo. Grave error, tanto para el periodista como para quien se dice constructor de paz, desde el conocimiento parcial de un contexto puede cometer una injusticia.

Para hablar de lo que es la justicia, voy a recordar una pequeña historia que en mi vida como artista de la palabra he narrado algunas veces, y que proviene de dos fuentes: La primera una versión de un narrador denominado Arlequín, a quien escuché en un bus de transporte urbano en Bogotá hace muchos años; la segunda, de un libro que presenta una versión de la misma anécdota como una historia de tradición oral ecuatoriana; la siguiente es una adaptación propia que ya he narrado, después de varias reescrituras, en diversas ocasiones.

Aurora era una mujer tan clara como el amanecer; pero también era una mujer muy pobre, sumamente pobre. Tenía tres hijos, pequeños ellos, tan flacos y tan desnutridos que solo era verlos para entender el grado de pobreza de la mujer. Y ella, qué decirles, puro hueso también, pues su amor de madre hacía que pasara días sin pasar bocado, cualquier sobrado de comida que lograba conseguir era para sus niños, así ella se retorciera de hambre.

Una mañana, por cierto, fría, fría como la realidad de Aurora, mientras pasaba por una esquina donde había una panadería, quiso el destino que el panadero recién exhibiera una canastada de panes recién salidos del horno sobre una vitrina a la entrada de su negocio. Y Aurora con esa hambre de tres días, se detuvo allí en la puerta de la panadería a degustar el olor de aquellos panes aún calientes y humeantes. Era como si una estela de fragante humo a pan se dirigiera directamente a su nariz para insuflarle el alimento que la pobreza le restringía. En la medida que olía el pan, Aurora sentía aliviar su hambre, y se estuvo allí, lela, como levitando un sueño, mientras se extinguía el rico aroma que parecía darle nuevos alientos para enfrentar su triste día.

Ya se apartaba Aurora de la panadería, con una sonrisa de esperanza ante el alivio momentáneo que parecía invadirla, cuando saltó delante de ella, cortándole el camino, el panadero que con tono airado le requirió: “Oiga, usted ¿acaso piensa irse sin pagarme el olor del pan?”

Aurora no sabía que se cobraba el olor del pan. Es más, en esa pobreza en que vivía tampoco tenía para pagarlo. “Si no me paga el olor del pan, tendré que demandarla, llevarla ante un juez y hacer que la metan en una cárcel”, amenazó el panadero.

Como Aurora no tenía una moneda para pagar el olor del pan, tuvo entonces que comparecer ante un juez, demandada por el panadero.

El juez, muy sabio él, escuchó la acusación del panadero y, luego, entre tartamudeos y sollozos, las palabras de Aurora en su propia defensa.

Una vez escuchó ambas partes, el Juez llamó a Aurora para que se acercara hasta él. Le indicó algo en voz muy baja, tan baja que el panadero no pudo escuchar nada por más que paró oreja. Paso seguido, el juez le entregó algunas monedas a la acusada. Esto último, la entrega de las monedas, entusiasmó enormemente al panadero. Aurora caminó hacía al panadero, se detuvo al llegar muy cerca a éste, levantó la mano en que llevaba las monedas, el panadero, sin poder disimular una sonrisa de satisfacción plena, se aprestó a recibir el pago.

Entonces, Aurora tapó las monedas en el cuenco de la palma de la mano en que las tenía, con su otra mano. Llevó ambas manos a uno de los oídos del panadero e hizo sonar con gran fuerza las monedas. Acto seguido se retiró de él y regresó ante el señor juez para devolverle sus monedas, mientras el panadero, energúmeno de la ira se daba por burlado. Anticipándose a cualquier reclamo del panadero el juez se permitió sentenciarle: “Panadero, caso cerrado, páguese el olor del pan con el sonido de las monedas”.

Tal vez, de manera literal, Aurora -el personaje- no haya logrado hacer la reflexión de lo qué es la justicia, tal cual lo propone la historia. “Tal vez” escribo, porque parto de mis subjetividades, de las cuales no habrá de partir nunca, ni el periodista (ya que he tomado este oficio que es el oficio de la verdad, para la presente analogía), y mucho menos el constructor de paz.  “Tal vez” no de manera literal -el personaje-, he dicho; porque la historia sí. Entre líneas, de manera implícita, la historia de Aurora sí nos permite entender que la justicia es -como ya se ha dicho muchas veces desde las épocas remotas del imperio romano-, dar a cada quien lo que le pertenece, lo que es suyo, de acuerdo a la ley: “La voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que se merece” (Justiniano).

Repito: “La voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que se merece”. Merecimiento de mérito, valga la redundancia. Fundamental esto en un escenario de construcción de paz, donde también cuentan los modos o las maneras. Esto me lleva a recordar otro capítulo que hace parte del proceso de las reflexiones de esta serie de escritos sobre la Pedagogía de la Reconciliación (https://canal3sistemaenlinea.blogspot.com/2024/03/cultura-de-paz-principio-de-la-paz-que.html), y me lleva al siguiente capítulo donde hablaremos del merecer, del reconocimiento, pero dejo acá por el momento, para retomar luego este tema del “merecer” desde la teoría de Maslow, quien nos ha enseñado que la armonía plena del ser humano (léase la Paz del ser humano),  depende de la completitud de una escala de satisfacción de necesidades en varios niveles.

Por ahora: He dicho. 


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Otras lecturas:

Compa, dígale que estamos en proceso de Paz

(Primera versión... de los hechos)


Diles que no me maten

(Juan Rulfo)

 

Autor: Luis Carlos Pulgarín Ceballos

Dicen que se lo llevaron monte arriba. Que lo sacaron de la carretera y después de quemar la moto en que iba lo golpearon sin compasión, luego se lo llevaron a rastras por entre la arboleda de la montaña. Dicen que le gritaban “Guerrillero hijueputa, aquí las vas apagar todas, este país no olvida”.

Casi asfixiado, pálido y aterrorizado llegó a la vereda de paz, el niño que trajo la noticia, corrió con toda la fuerza que podían darle sus entrados trece años de edad, para alertar a la comunidad. Yo estaba ahí, a la orilla de la quebrada, cuando escuché los pasos de los soldados, entonces me asusté y me escondí detrás de un matorral, ahí fue cuando vi que el camarada Fidel aparecía en su moto…